enero 30

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Homenaje a Cristina Rota como maestra de intérpretes

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Texto de Juan Diego Botto, actor, dramaturgo e hijo de Cristina Rota:

Debían de ser cerca de las 2 de la mañana. Mis hermanas y yo dormíamos sobre una de las mesas del fondo mientras mi madre, junto a los demás camareros, contaban las propinas de la jornada para repartírselas. Aún faltaba la caminata hasta el autobús, la larga espera y el trayecto al barrio de la Esperanza donde vivíamos.

Recuerdo con nitidez el cuadro que adornaba aquel salón de comidas. Era la imagen de un gaucho subido a un caballo revoleando las Boleadoras. Recuerdo las manos de mi madre sobre mi espalda y el cuento que nos narró camino al autobús. Ese tramo era el más duro.

Los viernes y sábados Cristina Rota trabajaba de cocinera en el restaurante argentino La Pampa. Durante la semana daba clases en lo que por entonces era una incipiente escuela de interpretación, con no más de 15 alumnos, y los domingos vendía pegatinas en el rastro. De todo ello, para mi, lo más duro era el tramo desde el restaurante a la parada del autobús los viernes y sábados por la noche.Pero a veces ese era también el tramo del relato.

Mi madre me puso la mano en la espalda y nos dijo que, según le habían contado los otros camareros, la Pantera Rosa había pasado por allí. Se rumoreaba que la Pantera Rosa estaba en Madrid y se había perdido, buscaba su coche de carreras y andaba dando vueltas por la ciudad. Debíamos tener los ojos bien abiertos para poder ayudarla si la veíamos. Mi hermana María y yo teníamos la edad suficiente como para saber que aquello era un cuento, pero no tanta como para no querer participar de él. Nur, la pequeña, entró de lleno. Recuerdo la fascinación de caminar hacia el autobús buscando atentos a la Pantera Rosa mientras le preguntábamos a mi madre detalles sobre ella. Ese día el camino se hizo corto.

Todo es relato. Y mi madre siempre intentó trazar una narración en la que pudiéramos estar preservados. En la que, sin negar jamás la realidad, la imaginación nos sirviera de espacio para propulsarnos hacia adelante. Estaban la casa pequeña, su pasado de exilio, el vernos muy poco, los malabares con el dinero, las constantes mudanzas, pero también estaban las historias que nos hacían creer que merecíamos y podíamos conquistar espacios de sueño.

Mi vieja nunca ha dado una batalla por pérdida porque, incluso en los momentos más duros, sabe construir historias en las que los buenos ganan, en las que la justicia, la igualdad, la decencia, el afecto y la armonía ganan. No se dio por vencida en la época en la que luchaba contra la dictadura, ni cuando buscaba a su compañero, mi padre, desaparecido por los represores argentinos, ni en la construcción de su escuela de interpretación y nunca ha dado un alumno por perdido. Siempre se ha entregado a cada alumno para sacar lo mejor de él.

Este viernes mi madre, la actriz, la cocinera, la vendedora de pegatinas en el rastro, la vendedora de pendientes en la plaza Santa Ana, la pedagoga, la directora, la maestra de la escuela que lleva su nombre, es homenajeada en Rivas Vaciamadrid por su trayectoria. Este viernes cumple 70 años. Y yo recuerdo que sus relatos, la capacidad de soñar y crear, nos salvaron de quedar atados con un nudo demasiado grueso a un dolor sin aristas o a un mundo excesivamente plano.

Este viernes a las 20:00 en el Auditorio Pilar Bardem de Rivas, estáis todos invitados. Allí nos vemos.

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